Al calor de las tiempos turbulentos del mayo francés que comenzó como una revuelta contra la Universidad pero terminó impugnando la totalidad de las instituciones y al estado, muchos cientistas sociales y psicólogos fijaron su atención en “las instituciones” o “lo institucional”, una dimensión de la vida social que había sido dejada de lado tanto por el marxismo como por el funcionalismo norteamericano, y tanto por la psicología conductista como por el psicoanálisis. La equivocidad del término y su tendencia escurridiza a convertirse en otros: grupo, organización, normas, control social, socialización, etc. motivaron los más variados esfuerzos teóricos para esclarecerlo.
Sin dudas el texto de Lourau, quien había participado intensamente en los acontecimientos de mayo y realizado prácticas de intervención en instituciones… ¡religiosas! y educacionales, es el clásico en esta materia y resume los avances en esta problemática, separando analíticamente las dimensiones de lo grupal, lo funcional, lo organizacional, lo individual, lo colectivo, de lo institucional.
Lourau hace una revisión crítica completa de las contribuciones de la teoría social, la filosofía, el marxismo, para lograr “atrapar” la especificidad del concepto y termina descubriendo todo un mundo. Sus principales conclusiones:
1) El marxismo canónico erra al tomar la institución como “infraestructura” y mascarada de una realidad sustancial preconstituída: la economía, el proceso de trabajo. Las instituciones no son el ropaje o el disfraz de otra cosa, sino una dimensión constitutiva de todos estos ordenes de la vida social. Los mercados, el intercambio, la maquinaria forman parte de la vida social en tanto instituidos de diversas formas, no existen como pura materialidad ajena al lazo social. Las dimensiones de lo simbólico y lo imaginario son extensamente desarrolladas por Castoriadis en su crítica al marxismo.
2) Los positivismos de Spencer o Comte y el funcionalismo norteamericano tienen el mérito de haber fijado la atención en las instituciones pero solo para reducirlas a finalidades, respuesta a necesidades que quedan naturalizadas como presociales. Fijan la atención solamente en el plano de la acción de la sociedad sobre los individuos para hacerlos parte homogénea de algo ya establecido: la socialización, la inculcación normativa. Y todo esto solo para reproducir o perpetuar la subsistencia sistémica mediante el cumplimiento de funciones. Desconocen que lo institucional es el ámbito no solo de la reproducción social sino de la transformación y que las necesidades o finalidades también están sometidas a luchas por su definición. Las instituciones siempre reproducen la sociedad pero siempre lo hacen contradictoria, multiforme y conflictivamente.
3) La fenomenología (Monnerot, M. Ponty) permite acceder a una dimensión vivencial, comprensiva e interpretativa de la institución. La institución es sobre todo “la vivencia”, los estados mentales que provoca y que le dan sentido. Instalarse en lo institucional para un sujeto es emplazarse frente a una cosa y frente a un significado ordenador que nunca está presente sino imaginado.
4) La triple dimensión de lo institucional: objetiva, en tanto materialidad organizativa con fuerza coercitiva sobre los individuos; simbólica, en tanto interiorización de códigos de sentido; imaginaria, en tanto residuo o exceso de sentido que no puede ser simbolizada porque es lo que permite toda simbolización. Lo imaginario remite al nexo íntimo entre el sujeto-individuo y la sociedad-todo, es el terreno de la vivencia y de la angustia, los mecanismos de defensa, condensaciones, desplazamientos, proyecciones, etc. Como dirá Castoriadis, es el lugar fantasmático, lo que puede hacerse efectivo solo por distorsión, solo asumiendo de manera inestable figuras arbitrarias –no inteligibles, no reductibles racionalimente- que brindan el marco de referencia para hacer inteligible y simbolizable todo lo demás. Estas distorsiones fantasmáticas son formas no de representar sino de indicar algo que no es representable, simplemente están allí no para presentarse sino para señalar aquello que no puede presentarse. Las ideas de “logos” griego y la idea de Dios judeo cristiano, fundantes de la cultura occidental, son figuras de este tipo. Podríamos decir que la dimensión institucional nos permite sobrevivir en tanto objetividad organizada materialmente, nos permite reunirnos y compartir en tanto sistema de referencia simbólico común, y nos permite recrearnos en cuanto acechan los fantasmas que nos constituyen.
5) Los conceptos que permiten el análisis institucional: la segmentariedad, la transversalidad, la implicación, aluden a que toda institución está invadida por la totalidad social (está segmentada por grupos, organizaciones que se extienden sobre ella desde fuera); a que está compuesta por atravesamientos (la escuela tiene cosa de cárceles, la Bolsa de comercio tiene cosas de ritual religioso o de fiesta, la misa tiene cosas de familia, etc.); y a que la institución no es nada sin que llegue profundamente a la vivencia del sujeto, es decir a que el sujeto se encuentre implicado. En tanto la institución activa lo imaginario desata una dinámica instituyente/instituída donde aparece su radical ambigüedad represiva-permisiva que puede alterar o consolidar los sistemas referenciales simbólicos y sus disposiciones materiales. La dimensión instituyente es fundamental porque toda institución está en relación negativa consigo misma, lo no representable, el fantasma que lo señala, todo el tiempo funciona también como un vacío que debe ser colmado, una angustia que debe ser calmada, una plenitud a la que acceder o construir.
Es fundamental en esto el concepto de origen psicoanalítico de “exceso” puesto que las instituciones se colocan en el lugar del exceso respecto a toda necesidad, toda materialidad y todo sujeto. Si uno tiene sed en un desierto, la forma de representarse el agua nunca es estrictamente material, siempre intercede el inconciente con su plus fantasmático: unos se imaginaran bebiendo agua mineral francesa otros se imaginaran bebiendo de una gigantesca cascada de agua natural, otros de una canilla, otros que son amamantados con agua por un gigantesco pecho, etc. Esta forma de simbolizar una necesidad tiene la marca del exceso, en el agua se juega más que la materialidad hidratante para el cuerpo. La falta de agua se convierte en sufrimiento no solo del cuerpo sino del sujeto. En forma semejante, en las instituciones, la necesidad, las metas, la función son significadas de las más variadas maneras por intermedio del imaginario que les da sentido.
Trabajo Práctico 3
¿Se animan a señalar los fantasmas de algunas de las instituciones por las que hayan pasado? No olvide que la vida fantasmática de las instituciones se posa generalmente en detalles, caprichos, arbitrariedades gratuitas, justamente lo que es dificil de simbolizar.
7 comentarios:
Se me ocurre pensar en que durante los primero años de la reapertura de la carrera de Sociología en Mar del Plata, cada vez que existía un momento de tensión o cada vez que se buscaba generar esa tensión se decía que la carrera iba a volver a cerrarse. Este comentario se transformaba siempre en una “sospecha” y ponía en alerta a todos los estudiantes, además esa sospecha nunca podía ser “verificada”, con lo cual se transformaba en ese decir de alguno que tenía sus razones para pronunciar esas palabras.
Pero además, esos fantasma de que la carrera pueda volver a cerrarse transformaba la angustia personal en un problema que terminaba por ser colectivo. La angustia implicaba remontarse a un pasado donde la carrera fue cerrada en un contexto donde la dictadura militar arrasaba con todo.
Por otra parte, ese fantasma implicaba que como estudiantes movilicemos una serie de recursos que nos llevaran a dialogar con la gestión las urgencias que debían resolverse para que nada catastrófico pase. En algún sentido, ese fantasma del cierre de la carrera, invitaba a la planta docente y a los estudiantes a mantenerse en alerta, moldeando así sus comportamientos.
Claudia Bruschetti – Mat. 16021
TP Nº 3
Un fantasma recorre Mar del Plata…
A fines de los años 90, inicié mi formación como Operadora en Psicología Social, coincidentemente con la oficialización de la carrera en la modalidad de terciario. Aprender a aprender desde un nuevo esquema conceptual referencial y operativo, implicaba para quienes ingresábamos a la institución, empezar a conocernos e interactuar, ajustando lo que percibíamos del otro u otra como compañero o compañera a partir del establecimiento de lazos fundados en la confianza mutua en el encuadre del grupo operativo. Esto estaba mediado por disparadores teóricos (clases teóricas) que íbamos transitando en los espacios inmediatamente anteriores a los de interacción en los grupos operativos. En conjunto ambos dispositivos conformaban la banda horaria de cursada de cada día de clases.
Ese primer año de carrera, éramos muchos y muchas estudiantes, e integrábamos grupos sumamente heterogéneos en diversos sentidos. Muchos estudiantes y docentes habían transitado por el ámbito académico y militante universitario en Mar del Plata, durante la dictadura cívico militar que se había iniciado en Argentina en 1974. Otros habían militado y participado de espacios de lucha sindical de aquellos tiempos.
En los grupos operativos, no solo se intercambiaban opiniones, saberes y posicionamientos ideológico-políticos, que demandaban un alto monto de confianza entre sus integrantes, sino que empezaban a emerger relatos de situaciones de vida comprometidos, que muchas veces aparecían desde la emoción y tras las sombras de la censura y la represión vivida personalmente o en el ámbito de los afectos.
Por el mismo tiempo, empezó a aparecer en los grupos el fantasma del “espía”. El fantasma de cada quien resonando en el fantasma del otro, organizando una trama invisible, difícil de describir, pero en la que se podía visualizar la depositación de todos los motivos de desconfianza, individuales algunos y compartidos otros, en alguna u otra persona. Primeramente el fantasma del espía llegaba cuando lo hacía un compañero suboficial de la armada, de quien llegamos a desconfiar inclusive hasta en el momento que viajó a su provincia a visitar a la familia, convencidos de que ya había “sustraído” suficiente información en la institución y de que ya no iba a volver por el grupo.
Con el tiempo, la continuidad de su presencia y el compromiso con el grupo y la tarea grupal ponían en crisis la trama fantasmagórica: había quienes concluían que era el personaje ideal para “infiltrarse” como personal de servicio de inteligencia en cualquier institución, mientras que otros y otras no podían concebir la obviedad.
El esclarecimiento del desempeño institucional del compañero no conseguía espantar al fantasma, que continuó visitándonos y reacomodándose arbitrariamente tantas veces como fue necesario para dar sentido a aquellas sensaciones inexplicables que partían de vivencias fuertemente traumáticas vividas por algunos compañeros, que resonaban en situaciones de alto nivel de ansiedad persecutoria de otros, todas ellas de muy difícil simbolización.
Unos años después, pudimos reconocer aquel fantasma como organizador grupal, y lo relacionamos con el temor inicial a la exposición que elevaba el monto de ansiedad persecutoria entre nosotros. Fantasma que no esperaba se apagara la luz para aparecer, sino que daba cuenta e iluminaba algo del contexto socio-histórico marplatense, atravesando la dinámica institucional.
Si indagamos y profundizamos en diferentes organizaciones sociales de Mar del Plata, podríamos incluir otros tantos relatos que nos permitirían afirmar que el fantasma del “espía” las sigue recorriendo aún hoy.
Pero esa sería otra historia y ya es tiempo de ir apagando la vela…
Humberto Lohiol Mat. 16687
Si bien una de las instituciones más características de occidente, la democracia, parece hoy definitivamente afianzada en Argentina, lo real es que estuvo jaqueada, amenazada, interrumpida y vedada durante buena parte del siglo XX en nuestro país. Pero de todos los golpes a la democracia, el de la dictadura cívico-militar instaurado en 1976 fue el más marcó el cuerpo y el imaginario de los argentinos.
Los fantasmas que habían “desaparecido” a la democracia estuvieron presentes fuertemente en los primeros años del regreso de la institución, a partir de 1983 y se hicieron mucho más visibles en los levantamientos “carapintadas” de 1987. La reacción desde el gobierno de ese momento y desde el común de la gente fue el de movilizarse para defender a la institución de esos fantasmas.
Esos fantasmas siguieron presentes en los años siguientes y la reacción de la sociedad, además de movilizarse, fue la materializar su temor a los fantasmas en las leyes de “obediencia debida y punto final”. Puede decirse que nuestra sociedad intentó con esa medida, defender su forma de relación con el mundo tratando de despegarse de su pedestal fantasmal.
Hoy, luego de más de27 años ininterrumpidos de democracia, los fantasmas parecen no estar, pero seguramente acechan disfrazados de demócratas.
Capitán Maria Belén
Mat. 16.025
El fantasma de mi niñez:
De niña, los mayores hacían alusión al “viejo de la bolsa” para lograr mi buen comportamiento, “no salgas afuera porque te va a llevar el viejo de la bolsa”, no pelees porque te va a llevar el viejo de la bolsa”, “si no comes toda la comida te va a llevar el viejo de la bolsa”, “si no te bañas te lleva el viejo de la bolsa”, “mira que si no vas al jardín viene el viejo de la bolsa y te lleva” y miles mas.
El viejo de la bolsa era utilizado por los mayores para lograr que el niño haga lo que ellos decían. Jamás me describieron como era, ni a donde y ni como te llevaba, solo me decían: “te va a llevar el viejo de la bolsa”. La imaginación mía me hacia pensar en un señor mayor, no muy lindo, malo y que me llevaría a dentro de su bolsa a un lugar, no se cual, pero lejos de mi familia.
Un día el fantasma desapareció, estaba con mi tía en Maipú (ciudad vecina a mi pueblo) y veo a un linyera, comencé a llorar y a gritar, pensé que era el viejo de bolsa y que me venia a llevar, es que “paco” (así se apodaba el Sr.) siempre llevaba a cuesta una bolsa de arpillera (supongo, ahora de grande, que ahí llevaba su ropa). Al ver mi desesperación mi tía me dijo que el viejo de la bolsa no existe y nunca existió…
Durante el poco tiempo que pasé estudiando en una universidad privada y religiosa, encontré los mismos fantasmas que en el colegio, temas de los cuales no se hablaba y cuando se preguntaba los estudiantes eran callados por los profesores que se ponían como locos cuando surgia una pregunta de ese estilo. Además, había un fantasma que estaba relacionado con el fracaso de esa institución. Cuando se preguntaba porque nadie quería a los abogados recibidos en esa universidad ya que en el diario los anuncios aclaraban que no querían que sean egresados de esa institución, los profesores siempre daban respuestas absurdas, te decían que esos empleadores era gente que no pudo aprobar, que quedo debiendo plata…y que por eso no contrataban a esos egresados. Otro fantasma era la mala formación en comparación con la universidad nacional, ya que aquellos estudiantes que se cambiaban de universidad tenían que empezar de cero porque les iba mal. Frente a eso también había respuestas absurdas.
VICTORIA CABRAL
MAT 16.766
En instituciones educativas religiosas por las que pasé, un colegio y una universidad, los fantasmas siempre estaban relacionados con temas “tabú” de los cuales no se hablaba y se hacia todo lo posible para no tocar esos temas con los estudiantes. Los fantasmas siempre eran la dictadura y la sexualidad. Recuerdo que en la secundaria, una profesora nos había propuesto hacer un trabajo sobre la dictadura, cuando los directivos se enteraron, nos hicieron faltar a la clase que daba esta profesora y ese día hablaron con ella para que no hagamos el trabajo. Al otro día nos reunieron con los directores, profesores, el cura y la psicopedagoga para decirnos que no podíamos utilizar el nombre del colegio para hacer un trabajo sobre dictadura militar. Recuerdo que lo más llamativo era escuchar a la profesora de educación cívica y ciudadana diciéndonos que no podíamos tomar ninguna postura en nuestro trabajo, ni del lado de los militares ni estar del lado de las Madres de Plaza de Mayo. Nadie nos daba respuestas precisas de porque no podíamos hacer ese trabajo práctico.
En cuanto a la sexualidad, siempre era un tema que se esquivaba por parte del cuerpo docente y de los religiosos que cada tanto nos daban clases. Recuerdo que una vez íbamos a tener una supuesta charla sobre educación sexual la cual terminó siendo una charla para nenes y otra para nenas. Nos separaron por sexo y a las mujeres nos dieron toallitas femeninas y a los varones shampoo para el pelo (NO MIENTO FUE ASI).
Este es un comentario de prueba contra fantasmas.
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